La paradoja de Marx y del marxismo

El siglo XIX desde sus inicios fue marcado por los grandes cambios sociales, científicos y filosóficos. Uno de los filósofos que han impulsado estos cambios es Carlos Marx (1818–1881) cuyos escritos sirvieron de base para los movimientos revolucionarios en el transcurso de los siglos posteriores. Sin embargo, tanto la biografía de Marx como sus ideas — filosóficas, sociales, jurídicas y económicas — son plagadas de las paradojas y contradicciones.

Basta recordar la famosa frase que escribió Marx a su yerno Paul Lafargue: “lo único cierto es que yo no soy marxista”. Y es demás mencionar que el concepto del tal masticado por todos “comunismo” es bastante lejano de las ideas de este filósofo alemán. En sus numerosos trabajos e investigaciones unas contadas veces se utiliza este término. No así el “socialismo científico”, fundado por Marx a partir de los conceptos idealistas platónico-hegelianos.

La gran paradoja de la vida de Marx puede ser resumida en un refrán: en casa del herrero, cuchillo de palo. Si la vida privada de un artista no tiene relevancia para el análisis de sus obras, la de un filósofo sí la tiene: un filósofo debe seguir y hacer lo que profesa y no es su opción sino obligación. Veamos.

Defendiendo, a primera vista, el proletariado, el mismo Marx no tiene prisa en convertirse en su miembro ni a dedicarse a ganar sustento por ninguna vía. Pasando días y noches en la Biblioteca del Museo Británico, no gana ni un centavo y literalmente mata de hambre a 4 de sus 8 hijos, y a su esposa. Vive en la extrema pobreza desde su llegada a Londres en 1849 y hasta su muerte.

Eso sí, tuvo tiempo para procrear un hijo ilegítimo a quien nunca reconoció. Sus últimos días vivió mantenido por su amigo, otro personaje paradójico, Federico Engels, un acaudalado capitalista alemán, con quien escribió en coautoría una parte significativa de sus trabajos. En general, la vida de Marx permite deducir que no hacía lo que predicaba.

Las teorías que desarrolló Marx, genéricamente llamadas “marxismo”, a pesar de parecer algunas lógicas, en realidad no lo son. La base del marxismo (y del socialismo “científico”) radica en la teoría del materialismo histórico, expuesta por Marx en varios artículos y recopilada en su famoso tratado “La Ideología Alemana” escrito en conjunto con Engels. A primera vista las tesis presentadas en el libro tienen sentido, la oposición entre el idealismo hegeliano y el materialismo parece ser bien argumentada y ejemplificada (“en la historia la satisfacción de las necesidades materiales conduce a crear necesidades nuevas” o la descripción de las formas de propiedad en la historia).

No obstante, lleva a las conclusiones equivocadas a partir de la falacia de generalización. Más que nada este error se evidencia en el concepto de la lucha de clases en el que Marx le resta el valor al individuo y no prevé la posibilidad del traslado de una clase a otra por un individuo. Así, la conclusión falaz del materialismo histórico consiste en que “la historia se desarrolla por la lucha de clases” y “la conciencia social” (el ser social determina la conciencia).

La oposición de clases en sí parece tener una razón lógica. Las oposiciones y contradicciones todavía son la base de la lógica aristotélica, tomada en cuenta y desarrollada por los filósofos posteriores, como Leibniz, Hegel, Peirce o Popper. Marx no es la excepción. Se establece la ley dialéctica de la unidad y lucha de contrarios que en muchos aspectos podría tener sentido si no fuera por la generalización de las ideas, heredera de las categorías platónicas. Luego, Marx sigue el modelo de tesis-antítesis-síntesis aplicándolo a la lucha de clases (proletariado-capitalista-revolución).

En el “Manifiesto del Partido Comunista”, basado en “Los principios del comunismo” de Engels, Marx deduce que la revolución proletaria llevará al estado proletario democrático y este, a su vez, en un futuro, a una sociedad sin clases. Pero la propia lógica dialéctica marxista dice que no puede haber una sociedad sin clases. Paradoja demostrada por la historia: hasta la fecha no ha habido una sola revolución proletaria y todos los estados declarados “socialistas”, al eliminar una clase dominante (capitalista burguesa) han parido dentro de la “igualdad” otra clase dominante — la nomenclatura.

Por último, las divagaciones económicas de Marx carecen de sentido desde su concepción. En el artículo “Salario, precio y ganancia” en 1865 Marx asegura que el principal consumidor de la producción capitalista es el proletariado. Y al mismo tiempo insiste en que el capitalista siempre quiere hundir al proletariado en la miseria: la famosa plusvalía capitalista y el “fetichismo mercantilista”. No queda claro, entonces, de qué manera el proletariado, hundido en la miseria, le va a comprar al capitalista sus mercancías. Lo dicho y creído por Marx se contradijo por la propia situación de la Inglaterra de aquella época. Para el último tercio del siglo XIX el nivel de vida de los obreros londinenses creció tanto que Marx debió entender que su teoría económica fracasó.

Queda más para un análisis profundo de las paradojas del marxismo, a lo que se han dedicado numerosos pensadores desde aquella época. Entonces, ¿por qué tanta insistencia en seguir aplicando estas ideas descabelladas? ¿Será cierto que, como dijo Reagan, “los comunistas leyeron a Marx, y los anticomunistas entendieron a Marx”? Aunque no hay duda de que muchos, que insisten en aplicar en la práctica el socialismo, desconocen los trabajos fundamentales de Marx y Engels.

Libertarian. University professor. Columnist at Minuto30.com (Colombia), radio show Liberpraxis host and producer (Guatemala). I write in Eng, Spa & Rus here

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